Por Agostina Albornoz


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Entre el 13 y el 15 de Enero de 2018 se abrió un espacio temporal nuevo para nosotros. Gracias a un contacto por couchsurfing, llegamos a Point Pedro (el extremo norte de la isla), un lugar bastante alejado de todo y al que nunca hubiésemos pensado en ir si no fuera por la búsqueda de la celebración agraria del Thai Pongal. Imaginando algo más parecido a un carnaval con caravanas de elefantes por las calles (como habíamos visto en algunas fotos de internet), nos terminamos de enterar allí que era una ceremonia que sucedía al interior de cada casa.

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Dado que nuestro anfitrión de couchsurfing no se encontraba en su casa esos días, fuimos recibidos por sus amigos y hermanos, quienes estaban muy inquietos por la aparición de estos dos foráneos. El primer contacto fue algo extraño…muchas risas, ninguna respuesta clara, nos señalaron el cuarto donde podríamos dormir y en un momento pensamos en irnos, en seguir viaje de inmediato, sentíamos que se nos estaban burlando. Hasta que bajamos la ansiedad y comprendimos que el choque cultural había sido intenso para las dos partes. Del grupo sólo 2 hablaban unas pocas palabras de inglés y en especial el chico que estaba encargado de recibirnos no hablaba ni entendía nada que no fuera tamil.

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Nos golpearon la puerta y nos dejaron una botella de coca cola fría a modo de recibimiento. Si bien no somos amantes de esta bebida, gracias al buen gesto nos pudimos relajar y empezar a intentar un acercamiento, aprendiendo sus nombres y haciendo un pequeño recorrido por el templo que se encontraba justo enfrente de la casa donde paramos. Nos presentaron una a una las estatuas de sus dioses, con alguna explicación de las relaciones familiares entre las deidades hindúes. Ese templo enorme había sido levantado por sus tatarabuelos hace 300 años.

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En principio el idioma fue un obstáculo, pero nunca un límite para la comunicación. Las intenciones hablaban por sí solas, dijimos “hambre” y enseguida se organizó toda una logística para conseguir motos y cascos. Dos de ellos nos llevaron a un pueblo a 15 km. para que pudiéramos almorzar algo, hasta se ocuparon de pedirle al cocinero que no le ponga picante a nuestro arroz y así fue que comimos uno de los mejores platos desde que llegamos al país.

Su trabajo principal es en el campo, saben trabajar la tierra con un conocimiento milenario, y lo hacen a mano, agachados, al rayo del sol, semilla por semilla, atienden cada plántula con sus dedos, ayudándose por simples herramientas y sin máquinas para regar, acarrean un balde enorme de agua y con sus manos esparcen el agua en todas las direcciones . Todos trabajan en los sembradíos aunque también tienen otros trabajos en pueblos vecinos, l@s hay enfermer@s, maestr@s de escuela, ingenier@s y estudiantes universitari@s.

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La mañana del 14 amaneció con el cielo limpio y soleado, música hindú resonando a lo lejos y algunos fuegos de artificio. La calle y los campos desiertos. En los patios de las casas, el encuentro alrededor del fuego. Theeva, Thulasi, Kajanan, Athavan, Vasitharan, Harish, Sanjeyan y Kirushanthan, nuestros nuevos amigos se ocuparon de organizarnos el día para que pudiéramos visitar sus hogares y a sus familias. Tuvimos el honor de ser invitad@s a cada una de sus casas. En ese recorrido no dimos cuenta de que no es un barrio común, con las casas divididas por tapiales y portones como parece a simple vista. Una vez adentrados en los terrenos, descubrimos que todas las casas están interconectadas por pasadizos laberínticos entre la vegetación.

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Desde que entramos, fuimos ofrendados con todo tipo de delicias: leche recién ordeñada, té, galletitas, frutas tropicales recolectadas por ellos mismos y una receta típica de bombones de coco rallado (de las palmeras de la casa) y arroz rojo, puras delicias orgánicas. La mujer y el hombre de la casa conducían la ceremonia que constaba del armado de un mandala con harina de arroz en el suelo, y encima unas vasijas y candelabros bien acomodados, adornados con flores coloridas, frutas, cocos, aceites e inciensos, para consagrarlas al dios Surya (el Sol) en agradecimiento por la abundancia recibida en la última cosecha.

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Una montaña de hojas de palmera secas se preparaba, próxima al fogón que calentaba la vasija metálica donde se iban hirviendo los ingredientes para el “Pongal”, el arroz dulce que comen todos juntos al finalizar la ceremonia. Cada uno lo prepara a su modo, algunos le ponen coco rallado, maní, nueces, azúcar de coco y canela.

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Al ser nuestro primer contacto con la cultura hindú, estábamos sorprendidos y maravillados por las coloridas vestimentas que usan las mujeres y la curiosa pollera que llevan los hombres. Como cada cosa que decíamos derivaba en una grandiosa puesta en escena para que entendiéramos, terminamos envueltos en estas ropas en cuestión de minutos.

Manchari, Deera, Joy y Gheeta me llevaron a su cuarto y entre todas se ocuparon de acomodarme el llamado “Seeri” o “Saari”, acompañado de joyas y hasta un arreglo de flores en el cabello. En verdad este vestido es para las mujeres casadas, sino se usa un atuendo diferente. Son varios los elementos que distinguen a una mujer casada de una soltera: pequeños anillos de plata en el segundo dedo de cada pie, además del punto rojo en el entrecejo se hacen otro más arriba en el nacimiento del cabello y también a veces un colgante para el cuello con un corazón de oro. A Bruno lo llevaron a otra habitación donde le dieron una pollera blanca de una tela fina de algodón y le enseñaron cómo llevarla. Acto seguido apareció una camioneta tipo “van” que pasaba buscando a las familias para ir hasta un gran templo a varios kilómetros de donde estábamos.

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En torno al templo se sucedieron escenas surrealistas para nosotros y totalmente cotidianas para ellos. Los hombre reventaban un coco antes de entrar y luego ofrendaban inciensos. Ojos en trance, gente girando sobre sí misma con las palmas de las manos unidas sobre sus cabezas, familias enteras esperando su turno para llegar hasta algún dios, todos descalzos, los hombres a torso descubierto, las frentes y los pechos marcadas por polvos rojos y blancos. Nuestros jóvenes amigos parecían no tener mucho que decir a sus deidades, pero se divertían paseando por el templo y para finalizar fuimos todos juntos a tomar un helado que servían en los puestos de afuera, donde una gran feria se ofrecía con variadas comidas caseras.

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Una vez de regreso a la comunidad, cansados y deseando tomar una siesta luego de la apretada agenda que cumplimos durante la mañana, descubrimos que la fiesta aún no terminaba: a las 17 hs nos pasarían a buscar para asistir a un inesperado evento… La gran competencia de barriletes.

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Una caravana de motos con toda la familia embarcada se dirigió hasta una localidad cercana de la costa y allí pasamos las últimas horas del día admirando los fabulosos diseños de barriletes que mágicamente se mantenían en vuelo: una carroza con bailarines en movimiento, un dragón, un pato gigante, un ancla, un reloj y muchos más de variadas figuras. El evento social era inmenso y se desarrollaba en la playa, al caer la noche muchos de los barriletes hasta prendieron luces.

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Todo terminaba con la entrega de nada menos que 40 premios. Detalle que encontramos muy tierno, ya que la mayoria de los participantes eran niños y varios recibieron al menos unas cuantas rupias por su creación. Pero los premios iban de menor a mayor: anafes, equipos de música, juego de sillas plásticas, ventiladores, una bicicleta y el número uno: joyas de oro. El ganador resultó ser la carroza, que según los rumores ya era la tercera vez que su fabricante se llevaba el primer premio del Thai Pongal.

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Con el corazón desbordante de cariño y agradecimiento nos fuimos despidiendo de nuestros amigos y sus familias, no sin antes saborear unos deliciosos panqueques que nos trajeron de desayuno.

La generosidad es infinita…en dos días experimentamos tanto como si hubieran sido semanas de viaje. El verdadero camino fue haciéndose más allá del movimiento, se han abierto rutas paralelas en la conexión con nuestros hermanos humanos.

Cuando logramos deshacernos de los miedos y prejuicios, el país de las maravillas se ofrece a dar sus mejores frutos, las joyas más preciadas de una cultura brillan en la mirada de sus protagonistas y nos descubrimos sosteniendo el pulso creciente del AmOr en la dIvErsiDad.

NANRI, NANRI, NANRI! 

jafnaa

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Si querés saber más sobre nuestro paso por Sri Lanka, te invitamos a leer “Sri Lanka: la isla resplandeciente”


 

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