Por Bruno Bosio


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“Los científicos dicen que estamos hechos de átomos,
pero a mi un pajarito me contó que estamos hechos de historias” Eduardo Galeano

A fines de Enero de 2013, con Agos volvíamos a dedo de una larga travesía por el sur de Brasil y desembarcamos en la provincia de Corrientes. Decidimos conocer una pequeña parte de este enorme parque nacional “Esteros del Iberá”, antes de pegar la vuelta final a casa. En el camino aprendimos que “Iberá” en guaraní significa “agua brillante”.

En un colectivo viejo y destartalado, desde la ciudad de Mercedes, recorrimos 115 kms hasta Colonia Carlos Pellegrini, por un largo camino de tierra donde grandes carpinchos y ventuosas aves nos acompañaban desde nuestra mirada ventanal. Este poblado tiene menos de 900 habitantes desparramados en 100 hectáreas. Estabamos en solo un pedacito de esta gigantesca red de riachos, arroyos, pantanos, lagunas y bañados, que abarcan entre 15.000 y 25.000 km², y que ocupa gran parte de la provincia de Corrientes, convirtiéndolo en el segundo humedal más grande del mundo.

A metros de la entrada al pueblo, pasamos por la oficina del parque nacional para hablar con los guardaparques. El oficial de turno nos guió en una breve explicación para situarnos en contexto y darnos un golpazo de realidad con algunas respuestas:

“Tengan cuidado si se meten al agua…ya sé que hace mucho calor, pero…no les recomiendo…ha habido algunos casos de palometas…y además el agua no está muy limpia..”

Nada más acertado de lo que nos anticipó el guarda. Las aguas están negras y apenas se ve a pocos centímetros de profundidad. Buscaríamos su historia y sus porqués. Pese a las advertencias del guardia, acompañamos a una guriseada en un rápido chapuzón de refresco. Por suerte, las palometas no se hicieron presentes en el festín.

Pateábamos las calles de tierras y arena de este tranquilo pueblo, disfrutando plenamente su silencio, su calor de enero, la ausencia de vehículos y sus chillones motores. Buscábamos un lugar adecuado a nuestro presupuesto para acampar y dimos con el principal camping de la zona. Su abultado precio nos hizo pegar la vuelta casi instantáneamente, por lo que seguimos la búsqueda. En las calles nos cruzábamos turistas de mediana y alta edad de Francia, Suiza, Alemania y demás países europeos. Poco y nada se veía de turismo nacional, y menos que menos, mochileros.

En vano preguntamos en las diferentes posadas los precios. Cada vez más sentíamos que ese pequeño pueblo estaba armado para recibir al turismo extranjero que a sus propios compatriotas. Más tarde, confirmaríamos esta hipótesis. La colonia es uno de los principales destinos ecoturísticos del país que recibe miles de visitantes anuales interesados en su flora y fauna. Según datos oficiales, la mayoría de turistas que llegan, son extranjeros.

Seguimos caminando y buscando donde acampar. Nada a precio mochilero. Hicimos una parada, una pausa “a esperar”, (como se cuenta en este artículo) en los bancos de una plaza, donde recordamos la “fórmula” mágica que nunca falla: hablar con la gente local y pedir acampar en sus patios.

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Y una vez más, la “fórmula” funcionó… 

Así fue que dimos con una hermosa familia de campesinos guaraníes, viviendo en una pequeña e humilde casa de adobe en el medio del terreno, un gran patio junto a enormes corazones. Llegamos al atardecer, la familia estaba alrededor de un fuego tomando unos mates y escuchando chamamé. La mayor de la familia era la abuela “Santa” que organizaba y daba constantes órdenes a sus hijas y nietas. No había presencia de hombres en la casa. Nuestra llegada causó un relativo revuelo en la cotidianeidad del hogar, ya que, según sus palabras, era la primera vez que alguien les pedía alojamiento. Como no sabían cuanto cobrarnos nos dijeron que nosotros pongamos un precio por la estadía.

“Santa” casi ni hablaba con nosotros, se manejaba usando solamente la lengua guaraní, pero trasmitía todo con sus miradas y sus silencios. Sus nietas, tímidas pero muy simpáticas, eran el “puente cultural” entre nosotros y Santa.

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Intentando aprender guaraní con Santa

Nos cuentan que vivieron históricamente por generaciones junto a los Esteros, al lado del agua, en armonía y tranquilidad. Como no tenían canoa, pescaban mucho desde la orilla nomás. Así nos decía Flor, una de las hijas de Santa:

“Hace 8 años que nos mudamos. Se instaló un hotel de 5 estrellas y la comuna junto a los dueños del hotel, nos pidieron que nos traslademos, nosotros y todos nuestros vecinos, muchos de ellos pescadores”

Miradas de resignación, nostalgia y tristeza se reflejan en sus ojos y en sus palabras, como rememorando una vida, una tradición y una historia familiar que ya no es. Me quedo pensando en el “nos pidieron que nos traslademos”, y como habrá sido ese proceso.

¿Y porque necesitaban que se muden?, le pregunto.

“Como ustedes ven ahora el agua, antes no estaba así. Este hotel junto a otros que se instalaron empezaron a tirar sus desechos cloacales al agua…y así lo hicieron por años, hasta que se dieron cuenta el daño que estaban haciendo. Muchos de los accesos al agua están cerrados…solo queda un pedacito donde meterse (donde unas horas antes nos habíamos dado el chapuzón)…”

Lo que nos contaba Flor lo habíamos visto horas atrás. El camping tiene acceso al agua, los hoteles tienen acceso al agua, las casas de los más ricos tienen acceso al agua. ¿Y los antiguos pescadores como esta familia, donde están?

Continúamos escuchando:

“La contaminación del agua no fue solo por los hoteles…Las dos arroceras también hicieron su parte…una la cerraron en 2009, la otra aún sigue funcionando…hubo muchas protestas para que dejen de fumigar con agroquímicos, ya que después se iba todo al agua…”

“A nosotros nos echaron por ser pobres. Como no teníamos título de propiedad no nos dejaron quedar… nos ofrecieron este terreno con la casa de adobe (a unos 800 metros de los esteros) y un subsidio. Lo mismo pasó con nuestros vecinos. Algunos no quisieron dejar la laguna y se retobaron (se ríe)…dos o tres casas aún viven al lado del agua…”

¿Y de que viven ustedes ahora?

“Y..de lo que podamos…mucho tiempo vivimos con el subsidio…ahora vendemos algo de la huerta y las changas que vayan saliendo…”

¿Se extraña vivir al lado de los Esteros?

“Y si…acá estamos bien..pero allá era otra cosa..”

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Casa de Santa y su familia

Salgo a dar unas vueltas por el pueblo. Cayó la noche y con ella, el silencio envuelve las vacías calles de tierra. Me acerco a respirar la costa. Me quedan dando vuelta por los pensamientos, las palabras de Flor. ¿Tendrá que ser siempre la misma historia en todos lados?

Un territorio vive tranquilo, habitado hace generaciones por sus pobladores, con sus actividades económicas, culturales, etc. Viven de la tierra, de la pesca, o de lo que sea con emprendimientos familiares. El lugar o un pedazo de él pasan a tener un gran interés económico por distinto motivo, ya sea turismo, explotación de recursos naturales, negocios inmobiliarios, etc, y el territorio pasa a tener más valor. Ahí es donde viene una empresa nacional y/o extranjera y empieza a presionar para administrar o hacerse dueño del lugar. Con el discurso de que “asi vamos a crecer, esto es progreso, traemos trabajo” o “nos va a ir bien a todxs”, intentan convencer a sus pobladores. Primero van por las buenas. Necesitan hectáreas de tierra, o montañas enteras o kms de orilla frente al río, o el espacio que sea. Si no hay nadie viviendo ahí, buenísimo, le compramos al estado que vende todo y nos hacemos millones del negocio. ¿Y si ahí vive alguien? Bueno, les compramos sus casas y los “reubicamos”. ¿Y que pasa si se la gente se niega a dejar su tierra, su trabajo, su cultura? Ahí van por las malas. Necesitan el aval del Estado para avanzar en la ocupación y empiezan los negocios con los funcionarios públicos. El negocio es millonario, no puede dar marcha atrás. Coima viene, coima va. En el medio, la gente. Familias ancestrales viviendo en el lugar hace décadas. Empiezan a pedir los títulos de propiedad de las casas de los campesinos. Si no los tienen están en problemas. Si los tienen, les ofrecen una nueva casa en otro lado y un subsidio, total, las ganancias  del negocio serán millonarias.

Estas secuencias se repitieron y repiten en todos lados. Así pasó en Carlos Pelegrini. Muchas familias, como la de Santa, no pudieron o no quisieron resistir, y aceptan por distintos motivos particulares y/o condiciones de vida. Les ofrecieron nueva casa y terreno pero en el medio les robaron su forma de vida y su acceso a los Esteros. Y no solo eso. Contaminaron por años el agua. ¿Y el gobierno que hizo? Nada. Complicidad. Miró para otro lado, como siempre.

La misma historia, pero con distintos personajes y desenlaces la escuché en otros viajes, la leí en otras noticias en gran parte del mundo y la vivimos en nuestra propia Santa Fe, desde hace décadas, en reiteradas oportunidades. En Pintos, Santiago del Estero, cuando fuimos en Julio y Agosto de 2013 a realizar unas pasantías al MOCASE, el Movimiento Campesino de Santiago del Estero, los empresarios de la soja querían y aún quieren, como en gran parte del país, desalojar a los campesinos originarios que viven principalmente de la ganadería. Organizados en el movimiento, resistieron por años los embates burocrático – legales del estado y los violentos intentos de desalojo.

Habiendo en el planeta tanta tierra para vivir, tanta abundancia y riqueza natural desparramada, suficiente para alimentar a todxs y vivir bien y dignamente, sin que nadie quede afuera…¿hasta cuando seguiremos matándonos y excluyendonós entre hermanxs por la ambición de más y más dinero?

Pasan los días en Carlos Pellegrini y se va acercando la hora de partir. Largos kilómetros nos separan de nuestra ciudad, y la vuelta a dedo será el jugador central del equipo. Debemos volver a Santa Fe para empezar un nuevo trabajo en un centro cultural, sino, con gusto, nos quedaríamos más días en suelo correntino. Si alguna vez me dicen que eliga un lugar en el planeta para mirar un atardecer porque será el último que vea en mi vida, sin titubear, me voy pa’ Corrientes. Estos grandes espectáculos de todas las tardes, junto a los senderos del monte que recorrimos viendo monos, carpinchos, aves y demás bichos y plantas silvestres, llenaron nuestra barrita de gratitud, en nuestro corto paso por los esteros.

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Una vez más, agradecidos por haber podido acampar y compartir charlas y mates en un patio familiar, el lugar que más nos gusta estar. En este caso una familia guaraní, desde donde podimos oir y aprender de esas historias, iguales pero distintas, repetidas en muchas partes, y que poco aparecen en las portadas de los diarios e informativos de televisión, de esos relatos que deseamos seguir buscando…que nos llenan el alma…como así también de lágrimas.

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