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Las cuatro horas en tren que separan Berlín de Praga fueron como transitar una extensa panorámica de películas medievales. Condimentado con los altavoces que en dos idiomas indescifrables para nosotros (alemán y checo) trasmitía una voz que parecía provenir de un remoto pasado.

Lloré al pisar Praga. Un señor sonriente tocaba el violín a la gorra, cuando salí del ascensor del metro, fue la primera postal sonora que recibí de este lugar. Mas tarde vendrían otras más.

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Las hordas de turistas que caminan sus calles al ritmo del click de las cámaras, pueden ser un poco agobiantes si la idea es recorrer este país con otros pies. Tan solo agarrar un mapa y ver innumerables pueblitos bordeados de grandes bosques y ríos que conforman la región de Bohemia, el llamado “Paraíso Checo”.

Sin combustible para seguir navegando las multitudes que surcan el puente Carlos, decidimos subir a un tren que nos lleva hasta Kutná Hora. Siguiendo el dato de que allí se puede visitar una iglesia decorada con huesos de esqueletos humanos, llegamos hasta el famoso Osario. La iglesia se encuentra en el centro de un cementerio, y para acceder al Osario vamos escaleras abajo. Este inframundo, plagado de calaveras junto a figuras de santos y ángeles, despierta la íntima y paradójica idea de estar muerto aún sabiendose vivo. Lo que a simple vista pareciera tétrico, la real sensación que dá, es la de estar frente a una obra de arte muy creativa. La uniformidad de los huesos nos recuerda que por dentro todxs nos vemos iguales.

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Luego de recorrer varias veces las mismas obras, incluso la exposición de cráneos con heridas fatales, un afán de respirar el afuera nos impulsa simultáneamente, a Bruno y a mi, con mirada cómplice nos direccionamos a la salida. Y al fin renacemos por opción y elección hacia el sol.

Vemos casitas y paredes que sobreviven desde varios siglos sin ser restaurados y pensamos que en este lugar uno puede realmente vivir una vida de cuentos. Pasadizos, gárgolas, frescos pintados al exterior, restaurantes escondidos, una fuente del año mil. Un hombre con bastón subiendo la calle empinada a pura queja, lo más parecido que hemos visto a un ogro saliendo de su cueva.

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La política de este viajecito si bien no corresponde en un cien por ciento a nuestro espíritu mochilero (entrado el frío en Europa cambiamos el camping por el hostel) ha sido rodear los castillos, iglesias y museos sin pagar por entrar a los mismos, caminando las calles y observando a ojo microscópico la belleza de las expresiones culturales propias y reales del lugar. Como los adornos de las vidrieras con arreglos de mimbre y flores secas, las increíbles y complejas marionetas, el arte de la joyería y la cristalería, hasta nos detuvimos a levantar la oreja en la ventana de una escuela de música mientras sonaba un ensayo de dulces voces cantando.

Con ganas de seguir conociendo pueblos que bordean a Praga, decidimos pasar el último día del viaje en Mělnik, “la capital del vino” de la región de Bohemia. Como es habitual desde que arrivamos a este país, los días nublados y el intenso frío se hacen sentir a cada paso de este Octubre. Preparamos unos mates bien calentitos, emponchandonos con abrigos de pies a cabeza para salir a caminar la ciudad.

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El silencio matinal de otoño envuelve rostros y miradas serenas de ciclistas y peatones casuales que transitan por calles prolijamente empedradas. Los diversos tonos de amarillos, naranjas y verdes pintandose en lafrondosa arboleda, arman un escenario cinematográfico y pintoresco junto a los ríos Moldava y Elba que bordean la ciudad. Para completar la escena, un tibio sol intenta asomarse para dar luz al castillo y a los viñedos que posan en lo alto de una colina.

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Hacemos una parada a comer pasta. Es increíble como los precios de los mismos platos en los restaurantes, bajan a la mitad de lo que salen en Praga. Y estamos a tan solo una hora de la capital. Por muchas razones vale la pena despegarse un poco de la tan alabada Praga y pasarse unos días recorriendo sus ciudades y pueblos vecinos.

Aunque la visita fue fugaz, República Checa nos dejó con ganas de seguir caminándola. Sabemos que guarda muchas historias, pueblos, parques, culturas y gastronomías, así que nos fuimos, con la certeza de que algún día volveremos a sintonizar sus rutas.

 

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