Por Agostina Albornoz y Bruno Bosio


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Endulzados con la bondad de los mineiros en Visconde de Mauá, decidimos levantar el dedo hacia el interior de Minas Gerais, curiosos por pisar esas tierras misteriosas de las que tanto nos habló Nechi en estos relatos. Estamos hablando de São Thomé das Letras, la cuarta localidad mas alta De Brasil y otro de los puntos de la Estrada Real.

Llegamos en ómnibus hasta la ciudad de Caxambú, atravesando un camino donde solo se veía densa Mata Atlántica. Pasamos la noche en la rodoviaria (terminal de ómnibus), donde empezamos a experimentar la cercanía con el corazón hospitalario minero. El celador de la terminal nos ofrece un huequito seguro donde montar la barraca (carpa). A pesar de una tv que suena alto toda la noche, la edificación de estética de los años ’50 con carteles pintados a mano, mosaicos de colores y la virgen negra “Aparecida” en el tope de una viga del techo arreglada con flores y ofrendas, resultó el cobijo óptimo para descansar hasta que un próximo cole nos acerque a Cruzilia.

Las calles a 30 grados de inclinación no parecían ser lo mas amigable a nuestro equipaje, pero con un “café da manhá” brasilero, es posible subir eso y mucho más: salgados rellenos de queijo artesanal y pollo o jamón; el famoso “pao de queijo” (conocido como chipá en Argentina), “bolo de fubá” (bizcochuelo de harina de maíz) y un cafecito bien cargado de producción local. Aterrizamos 6 a.m en una panadería donde parecíamos seres traídos de otro mundo a los ojos de los habitantes de Cruzilia en su amanecer cotidiano. La curiosidad inocente con que nos miran será una variante habitual de nuestro paso por Minas. Ellos quieren saber quién camina su tierra y ofrecer lo mejor. Siempre preguntan: “Está gostando?”.

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“Puedo llevar a uno”, nos grita un hombre sonriendo desde una moto. Son las 7 de la mañana en la salida de Cruzilia, ciudad histórica de la Estrada Real en Minas Gerais. Un sol radiante anticipa la vista de lo que será un gran día. Viento fresco matutino y 30 km de ruta de tierra nos separan de nuestro objetivo: São Thomé das Letras. Desde la cima de la calle empinada, las casitas pintadas en tonos pastel resplandecen decoradas con guirnaldas de pájaros que cantan desde el cableado. Los oídos atentos al sonido de los pocos motores que no se ven pero se van acercando lentamente. Todos se detienen y aunque no tengan lugar para cargarnos nos dejan un  “bom dia”  y ” boa sorte” para el camino. La sincronía nos trae un carro con espacio para nuestras abultadas mochilas, donde Ágata y Rodrigo, oriundos de Angra dos Reis, nos invitan a compartir ruta luego de haber pasado la noche perdidos por Minas Gerais.  Ágata nos cuenta que volvía a São Thomé luego de 16 años, y esta vez, con la intención de buscar un lugarcito tranquilo para criar a sus futuros hijos.

Mientras vamos andando y charlando por el camino de tierra, nos llama la atención los enormes montones de tierra de lo que creíamos que eran a simple vista, hormigueros. Rodrigo nos enseña que no habitan allí hormigas, sino Kupí’i (termitas). Sus casas son mansiones gigantes de tierra dentro de una red sofisticada de túneles subterráneos en las que se organizan y dividen socialmente entre obreras, soldados y reinas, para atacar con eficacia su preferido alimento: la madera. Para conseguirlo actúan en silencio y son capaces de atravesar cualquier material, incluso el hormigón. Su vida se desarrolla bajo tierra ya que el contacto con la luz es fatal. Abundan en el paisaje las colonias de estos bichos.

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Ya ingresando al poblado de menos de 7000 habitantes, se comienza a respirar el ambiente alternativo con tipis (cabaña indígena de cañas) carteles de permacultura, rondas de tambores y las torres de placas de piedra blanca, desde lejos confundibles con nieve, habituales en el lugar. Observando los campos de café y numerosas explotaciones mineras, Ágata y Rodrigo nos invitan a desayunar unas cervezas y jugar al billar en un almacén local. Entre brindis y festejos mañaneros, nos cuentan una parte de la historia mística, real y actual que envuelve a la localidad.

La primera impresión la tuvimos al pisar piedras planas de más de 1 metro y medio de largo que cubrían cuál rompecabezas toda la extensión de las calles, un empedrado muy diferente al que veníamos acostumbrados. Todo está hecho de piedras. Calles, plazas, casas, monumentos, etc. Un recurso más que abundante, que la montaña lo dá “de gracia”, como nos dijo un poblador.

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Caminamos hacia el pequeño centro en busca de un camping u alojamiento barato. Al hacer unas cuadras, empezamos a ser “asediados” por un viejo flaco y alto, que nos insistía en las ventajas de hospedarnos con él. Realmente era un experto en la insistencia, desprestigiando a sus competidores y negociando un precio acorde a nuestro bolsillo. Le agradecíamos una y otra vez diciéndole que seguiríamos buscando precios y lugares, pero el tipo ya estaba envalentonado en su misión de llevarnos a su casa y no nos soltaría fácilmente. Así nos siguió cuadras enteras vendiéndonos su morada paso a paso. Cuando nos dimos cuenta, vuelta tras vuelta, nos había arrastrado hasta su casa. Pasamos a ver su posada y por unos 10 reales la noche allí, desistimos del camping. Como muy sabiamente dice el dicho “Lo Barato sale Caro”, desde la primer siesta que nos quisimos dar en el cuarto, que aparentaba poca limpieza pero buenos colchones, descubrimos que unas hermosas “maritacas” (cotorras) se hospedaban también en el cuarto, en el acogedor espacio entre la madera del techo y el tejado. Caquitas y plumitas que nevaban suavemente sobre nuestras cabezas era lo secundario. El verdadero problema era el barullo interminable que resonaba con sus patitas, chillidos y aleteos en el techo de madera, haciendo imposible pegar un ojo. Urgente llamamos al viejo “Samir” para anoticiarlo de lo que seguramente ya sabía. Sin mostrar ni un centímetro de preocupación, se apareció con un palo de escoba y empezó a dar golpes rotundos para espantar a las escandalizadas cotorras, al son de los ladridos de su pequeño cachorro. La solución era muy sencilla, nos dejó su herramienta indispensable para sobrevivir las siguientes noches. Poco y nada funcionó, las bichas ya ni se asustaban ante los palazos en el techo.

Un espléndido sábado de sol salimos a dedo a conocer la “Cachoeira das Borboletas” (mariposas). Mientras disfrutábamos la tranquilidad y frescura del lugar veíamos que a cada rato algunas personas continuaban caminando río arriba. Siguiendo los pasos de la gente, mientras hicimos una parada para comer membrillo de unos árboles, se nos apareció un extraño personaje con el que compartiríamos toda la tarde. Nos cuenta que más arriba está la “cachoeira Garganta del Diablo” y las personas que veíamos iban para ahí. “La gente suele quedarse en las borboletas porque es la mas cerca de la ruta, la que menos hay que caminar..esta es mas lejos y escondida pero así tambien va menos gente y el agua es más pura para tomar..”. Sus palabras fueron más que acertadas. Un manantial de agua helada cayendo desde lo alto de las formaciones rocosas, óptima para beber y refrescarse del calor.

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El sol empieza a caer y vamos pegando la vuelta al pueblo. El duende que nos llevó hacia la cachoeira escondida, Pedro, oriundo de la zona, ahora se ofrece a guiarnos por un sendero alternativo para llegar a São Thomé. En el medio del camino, debemos atravesar una montaña alambrada con carteles de propiedad privada. Parece ser que allí trabaja una empresa minera en la extracción de la principal piedra local de importación, el quartzito, utilizada principalmente para revesitimiento de casas y piscinas. Nos cuenta Pedro, que más del cincuenta por ciento de su pueblo vive actualmente del trabajo para las mineras. El resto se gana la vida con el turismo, changas, artesanías, o lo que puedan. A cada rato, el espontaneo guía no contratado manifiesta su bronca contra las empresas y el gobierno. Nos dice que recién hace pocos años el estado empezó a regular las extracciones mineras, que hacían uso y desuso de las montañas a su forma y antojo, llevándose millones de dólares sin dejar un peso y dejando paisajes destrozados. Ensimismado en su propio discurso, nos aclara que hoy en día hay un poco más de control sobre las empresas aunque la tajada de ganancias que se van, sigue siendo millonaria. También se desarrolla una lucha entre los nuevos trabajadores y trabajadoras del turismo que empezaron en los últimos años debido al incremento de la demanda del sector y las empresas mineras. Familias como las de Samir en la que nos alojamos, cooperativas, asociaciones de artistas y artesanos locales, pequeñas empresas que tienen posadas, hoteles, campings, restaurantes, comercios, etc, se ven preocupados y afectados por los rápidos cambios producidos por la actividad extractiva a cielo abierto.

“Yo no estoy en contra de toda la minería, pero así de esta forma desmedida destruyendo nuestras sierras, usando toda el agua y llevándose todas las ganancias al exterior, no…Además nos terminamos enfrentando entre nosotros porque la mitad de la población vive de la minería y la otra mitad del turismo..Tenemos que discutir y ponernos de acuerdo en que Sao Thomé queremos para el futuro”, se expresa Pedro con aires de asambleísta.

Entre los hilos de esta historia y los que vivimos en nuestro paso por Andalgalá en la provincia de Catamarca en 2011, en pleno conflicto por la minería a cielo abierto, hay varios nudos en común.

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En São Thomé también es carnaval. La plaza principal está rodeada de feriantes que solo descansan unas horas en la noche para arrancar con toda a la mañana siguiente. El espacio está organizado por rubros; un lado para las artesanías, otro para los puestos de comida, y otro para los más diversos y antiguos juegos de feria, guerreros aguerridos invencibles al paso del tiempo y la tecnología, siguen conquistando sonrisas y corazones de variopintas infancias y juventudes.

Me acerco hasta el puesto de una familia feriante para preguntar si saben a que ciudad o pueblo cercano conviene ir para continuar a dedo hacia São João del Rei. Me dicen que desde la vecina ciudad de Três Corações es un buen punto, pero que si nuestra idea es salir mañana, ellos van hasta Lavras, que queda casi a la mitad de nuestro destino, y nos pueden llevar. Por supuesto, vamos. Ni tuvimos que levantar el pulgar, solo salir a preguntar. Increíble. Me despido muy agradecido por la buena onda de la familia. A las seis de la mañana del día siguiente saldríamos en auto con una familia “casi nómade”, ya que viven trabajando y moviéndose de feria en feria, de festival en festival, de eventos en eventos, llevando de aquí para allá sus juegos rodantes. Su casa y depósito se encuentra en su ciudad natal, Lavras donde guardan el material de la diversión. Camas elásticas, peloteros inflables, los anillos en las botellas, tiro al blanco y hasta un martillo giratorio componen su repertorio del entretenimiento, ladrón profesional de sonrisas en la niñez.

Regreso contento a contarle a Agostina la secuencia. Este episodio sería el primer caso de un “dedo programado”. Ojalá no sea el único. Nos queda este último día y aún hay mucho por hacer – conocer. Nos dicen por ahí que en estos parajes hay avistamientos de ovnis. Dudamos si es un invento más de la secretaría de turismo como en muchos otros lugares, o si realmente se ve algo. Mientras seguimos pensando y relojeando el cielo por las dudas, seguimos caminando por São Thomé das Letras.

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