Por Bruno Bosio


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Es mediodía en Visconde de Mauá. Hace varios días que la cotidiana lluvia se fue de vacaciones y un sol sin ropa actúa tranquilo en primera escena.

Estamos parando en una casa casi nueva que le alquilan las hijas de Nechi, Ananda y Flor, para su madre. Ella anda media tristona porque extraña mucho a sus hijas y nietas aún no la vienen a visitar. Un hijo vive y trabaja en Australia, las otras en San Pablo.

(Si querés saber más sobre Nechi, leete este artículo. Si querés saber como llegamos hasta esta región, acá te contamos)

En el equipo somos cuatro ahora. Mi amigo Marcos Gancher salió desde Corrientes capital, pasó por Río de Janeiro y llegó a Visconde a visitarnos unos días.

Mientras entre los tres intentamos levantarle el ánimo a la Nechi, ella hace catársis y nos confiesa el otro pedazo que faltaba sobre la historia de su vida:

“Minas Gerais es mi mundo y lo amo. Nací, crecí y vivo acá. Pero décadas atrás era muy conservador y machista, hoy a cambiado un poco, pero algunas cosas siguen igual… Cuando la tuve a Ananda, mi primer hija, mi madre me la robó un tiempo…Decía que yo no era capas de criarla porque no tenía marido y sola no lo iba a lograr. Se encerro en su casa bajo la protección de mi padre…uf, ese tipo… tremendo borracho y mujeriego..y mi madre acallaba todas sus órdenes y encima lo defendía…sumisa como ella misma, no quería ver lo que realmente pasaba…”

El relato se empieza a teñir de lágrimas. La historia es fuerte:

“Por unos meses no pude ver a mi hija. No me dejaban entrar a su casa. En el barrio todos estaban del lado de ellos, porque yo era la hippie, feminista y artesana…y sería una mala madre según ellos…me echaban como a una rata…mi propia familia…yo ya no sabía que hacer…solo podía llorar…”

“Cuando consigo recuperarla me vengo para este lado.. no quería saber más nada con mi familia, ni con Montes Claros, ni con nada…quería criar a mi hija en paz, lejos de los miedos, los prejuicios, la mala vida de mis padres. Que crezca libre por los campos. Que pueda jugar feliz en el monte. Ahí nos fuimos con mi amiga Melita al Valle de las Flores. Fuimos felices muchos años. Vivíamos bastante aisladas de todo. Sin luz, sin gas. Comíamos de nuestra huerta. Se vendían muy bien las artesanías en las ferias. Después llegó el porteño (su ex pareja), y comenzaron los problemas de nuevo…”

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Nechi se queda muda. No quiere hablar más. Desea dar vuelta la página, dice que ya la dió, que ahora todo es mejor, salvo su delicado estado de salud. Confiesa que entre las hijas la ayudan mucho, pero ellas están lejos, y ella las extraña mucho. Viven en ciudades, haciendo vida de ciudad, tal vez buscando eso que no tuvieron en la infancia.

Tratamos de levantar la tristeza, nostalgia, pseudodepresión del momento, con una vieja y eficaz receta: abrazos y buena música.

Ya ibamos viviendo en la zona veinticinco días y aún no habíamos ido a visitar a las chilenas Isidora y Francisca que conocimos el primer día que llegamos, y que nos invitaron a la casa donde ellas paraban hace un año, en el vecino paraje de Campo Alegre. Si no leíste esa historia, podés hacer click acá

Mochila con provisiones para pasar el día, dedo listo.

Campo Alegre es un vecino poblado rural, a 10 km aproximadamente de Visconde de Mauá. Teníamos algunos datos para llegar hasta la casa: “Ponillo” era el apodo del artesano dueño de la casa. Había que llegar hasta el final de la ruta asfaltada, seguir por el camino de tierra hasta un barcito, de ahí caminar 500 mts hasta un puente de madera peatonal y de ahí son 2 km más caminando por senderos de montaña. Esas eran todas las referencias. No teníamos el celular de ninguna de las pibas. Solo un ómnibus hacía la mitad del tramo, pero pasaba en un par de horas. La otra mitad era a pie. Decidido. Nos vamos a dedo. Ojalá que estén las chilenas. Tenemos mucho por agradecerles. Iremos preguntando a los paisanos, en el campo se conocen entre todos.

Que empiece la travesía.

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Luego de una larga caminata, logramos llegar hasta la casa.
Lastima que no había nadie. Solo ella nos recibió.

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¿No viste a unas chilenas por ahí? mmmmm

Nunca más volvimos a ver a las chilenas Isidora y Francisca.

Si alguna vez llegan a leer este artículo, sepan que Bruno y Agostina fueron a buscarlas para agradecerles habernos recibido a la región e invitado a parar con ellas. Por desgracia no las encontramos pero conocimos el hermoso valle donde vivieron 1 año y medio… o tal vez siguen ahí.

Volvimos a la casa y Nechi nos esperaba para comer. Había mejorado su estado anímico y la buena música reinaba la casa.

Ya habían pasado dos semanas desde que la conocimos. La despedida se venía venir y era difícil. Ella no nos quería largar. Nos recordaba a cada rato de que podíamos quedarnos en la casa todo el tiempo que querramos. También estaban nuestras familias invitadas a ir.

Un verdadero y puro amor.

Era el momento de partir. Nos despedimos de Marcos que volvía para Santa Fe, con la promesa de volver a encontrarnos en algún punto del globo.

Hasta siempre Nechi. Gracias por tanto.

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