Por Bruno Bosio

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Si existe un ejemplo para confirmar la frase “el propio viaje te va mostrando el camino”, es esta aventura por Brasil. Justamente, este famoso dicho, me había quedado retumbando en mi cabeza unos días antes de salir de Santa Fe, cuando una amiga me lo dijo mientras me contaba su viaje, un año atrás, por el “gigante sudamericano”.

Realmente uno puede viajar por años por este inabarcable país de distancias continentales y muy variadas geografías, pueblos, ciudades y culturas. Casi tres meses de ruta y tres estados recorridos sin planificación alguna más que la del día a día.


2 meses y 20 dias de viaje por Brasil – Estados de Río de Janeiro, Minas Gerais y Bahía

Datos que poco importan:

Alojamiento en camping: 7 días
Alojamiento con Couchsurfing: 16 días
Acampada libre: 8 días
Alojamiento brindado por hospitalidad de la gente local: 42 días
Alojamiento en hostel: 7 días
Presupuesto gastado (sin pasaje de ida): 8500 $
Pasajes de Santa Fe a Río: 2500 $
Gastos de ómnibus: 3600$
Km a dedo: 1030.
Vehículos a dedo: 13
Açaí morfados: 17
Queijo y café mineiro: todos los días
Caramelos palitos de la selva: ninguno
Mandarinas: 4
Voces en contra de Temer y a favor de Lula: 97 %


Existe un lugar…poco conocido…perdido entre valles y montañas…donde cada día se traduce en una invitación constante a conocer sus gentes, sus historias, sus placeres y sus penurias, sus alegrías y tristezas…

Sus bellas cachoeiras, las conocidas y las escondidas, nos esperan de brazos abiertos, para quedarse atontado de tan solo mirarlas, o animarse al chapuzón en los manantiales naturales de aguas heladas…

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Un colectivo urbano muy económico nos lleva de Resende a Visconde de Mauá. Cada km que hacemos es subiendo por un ruta de grandes cerros, curvas y entrecurvas vestidas de una mata atlántica neotropical de un verde intenso.

Nos subimos al coche con dos chilenas malabaristas que conocimos en la terminal de ómnibus de Resende. Hace 1 año y medio que llegaron por primera vez a la región, a un encuentro de la “Rainbow Familly”, y nunca más se fueron.


La “Family Rainbow” o “Familia Arco Iris” son encuentros que duran algunas semanas o un mes, que se realizan en los cinco continentes desde la década de los ’70. Nacieron en 1972 en Estados Unidos, promoviendo valores de no – violencia, no – jerarquías e igualitarismo. La Familia Arco Iris promueve la expresión de toda forma de espiritualidad y fe, en la tolerancia del otro y el respeto de las diferencias. El Arco Iris representa la unión de los colores de la humanidad, las razas y las religiones, en un círculo de Luz y Paz. Todos los hijos de la Madre Tierra forman una Gran Familia y por eso nos llamamos hermanos y hermanas. Independientemente de religiones, nacionalidades o cualquier otra etiqueta, condición o circunstancia, cualquier persona, en cualquier lugar puede considerarse miembro de la familia arco iris y es bienvenido a cualquier encuentro que desee asistir o en cualquiera comunidad.


Mientras seguimos camino en el colectivo, las chilenas nos invitan a hospedarnos en la casa donde ellas paraban, de un artesano apodado “Ponillo”. No era nada fácil llegar a esta casa. Estaba perdida entre los cerros en el poblado de “Campo Alegre”, a algunos kms de Visconde de Mauá. Veinte días después llegaríamos hasta ahí. En este artículo podés leerlo.

Rechazamos coordialmente la invitación. Ni habíamos llegado a Visconde de Mauá y ya nos estaban ofreciendo alojamiento. Muy buena señal. Y entonces… ¿por qué rechazamos? La noche anterior, al no conseguir transporte para llegar a esta zona, tuvimos que “dormir” en la terminal. A las chilenas les había pasado lo mismo. Para llegar hasta la casa en donde vivían ellas, había que hacer dedo desde Visconde de Mauá y luego caminar varios kms por la montaña. Con todo el cansancio de no pegar un ojo la noche anterior, y los varios kilos que llevaban nuestras mochilas, imposible realizar la hazaña en este estado.

Mientras el colectivo seguía subiendo, tras largas vueltas y pendientes, entre charlas y cabezeos de sueño, una calle empedrada principal de 1000 mts aproximadamente, nos decía que habíamos llegado. Casas de muchos colores, con flores, plantas y enredaderas luciendo en sus pieles de piedra y cemento; un ancho río transparente atravesando el valle (Río Preto, divide los estados de Rio de Janeiro y Minas Gerais), rodeado de cerros con abundante vegetación. Llegamos a Visconde de Mauá. Un lugar de cuentos.

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Bajamos del colectivo en el “Lote 10”, el único barrio popular de los dos que tiene el poblado. Caminamos una cuadra en cualquier dirección y preguntamos donde podíamos acampar en un bar. Esto nos contesto:

“En cualquier lado, donde quieran…Pueden ir ahí, al lado del Río Preto. Acá nadie les va a decir nada”

Que buena noticia. Que recibida! Lo que tanto nos costó conseguir en Arraial do Cabo, acá se nos ofrecía en bandeja. Infinidad de tierras para acampar en la naturaleza. Si aún no leíste el relato de Arraial podés encontrarlo por acá .

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Caminamos hacia el río. Aguas transparentes y heladas, rodeados de pura selva. Brasil es mucho más que solo playas y mar… mucho más. Increíble como hicimos solo dos hora y media de trayecto en ruta de Río de Janeiro para el interior y nos internamos en un Brasil muy distinto. Cerros, valles, mata atlántica, temperaturas que descendieron. Nada de turismo los días de semana, solo un pequeño contingente los sábados y domingos. Por las dudas volvimos a preguntar en una casa vecina si podíamos acampar. Nos volvieron a dar el ok, aconsejandonos estar no tan cerca del río por las posibles crecidas imprevistas.

Armamos la carpa con las últimas fuerzas que nos quedaban. Nos adentramos en sueños con las melodías que solo la corriente del río a nuestras espaldas sabe tocar. Los adornos finales, estuvieron a cargo de lentas, suaves y continuas gotas golpeando el cubretecho de la carpa. Olor a tierra mojada. Agua de bienvenida.

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El punto verdaderamente en contra de acampar en la naturaleza en medio de este pueblo, es el hecho de no poder dejar la carpa con las cosas solas. Es decir, poder se puede, y lo hicimos una noche larga de caminata en busca de una sabrosa piza que nunca encontramos. Pero hay que admitir que una leve sensación de intranquilidad al dejar todo tu material más importante y necesario para seguir viajando (entiendasé: bolsa de dormir, carpa, mochila) y más difícil de reponer en caso de alguna actuación de un amigo de lo ajeno, nos decía que busquemos otro lugar.

Otros puntos menores pero que influyeron en la decisión de seguir hacia Maringá, el siguiente pueblo más arriba, a solo 5 km, fueron las condiciones de cocinar sin un buen techo (las lluvias eran el pan de cada día). El pelo duro y la piel seca después de varios días de viaje, también pedían el oasis de una buena ducha caliente. Nos vamos para Maringá.

A tiempo relámpago desarmamos la tienda de campaña y caminamos unos pocos metros hacia la ruta. Cinco minutos de espera. Frena un auto.

El conductor se llama Miguel, nacido en Saquarema, ciudad cercana a Río de Janeiro. Es surfista. De unos treinta y cinco años aproximadamente. Muy buena onda. Nos pregunta donde vamos a parar. Le respondemos que no sabemos, que solo tenemos el dato de un camping que nos dijeron que es barato. Sin pensarlo ni segundos nos ofrece parar en el rancho que se está construyendo en un terreno. Nos dice que podemos montar la carpa en el gramado (patio) todo el tiempo que quisiéramos. Voalá! Se pone lindo Maringá.

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Una única ruta, por partes asfaltada, en otras ripio, conectan a estos tres principales publitos, Visconde de Mauá, Maringa y Maromba, que se despliegan con casas construidas principalemente en madera, muy pintorescas, al costado de la ruta. Otros caminos de montaña, más escondidos, abren las posibilidades de llegar a poblaciones mucho más pequeñas o caseríos olvidados, como el Valle de las Flores, el Valle du Pavao o Campo Alegre.

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Toda la región es patrimonio del “parque nacional Itatiaia”. Mas de veinte son las impresionantes y diversas cachoeiras conocidas, monumentos de arte de la naturaleza. Los lugareños nos cuentan que hay muchas más cachoeiras. Son las secretas, las escondidas del turismo, las que se llega únicamente caminando y solo algunos pobladores saben el camino.

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En lo de Miguel nos quedamos una semana. Algunos días pasamos junto a él y su familia. Nos invitaron churrascos (asados) y feijoadas mineiras. Otros días solos con Natasha una perra abandonada del barrio. El río Preto, durmiendo a nuestro lado. Miguel y su familia vivían en Saquarema y trabajaban en una pizzería propia. Solo unos días cada una o dos semanas podían acercarse hasta Maringá para continuar la construcción del rancho.

La lluvia nos acompañó toda la semana. Un día salimos a caminar con el objetivo de conseguir unos minutos de wi fi gratis para comunicarnos con nuestra familia. La búsqueda nos llevó a conocer un restaurante vegetariano, a orillas del río Preto. La cocinera del lugar, Melita, nos cocinó un sabrosímo plato de feijoada vegetariana. Entre una charla y otra, a los minutos de habernos conocido, nos ofrece quedarnos en su casa, ahí cerquita nomás, a pocos minutos a pie. Nos cuenta que vive sola, que tiene un cuarto libre que antes ocupaba su hija, y que si la ayudamos con algunas tareas del hogar, podríamos quedarnos indefinidamente, todo el tiempo que quisiéramos. Con tan fuerte y grata invitación, dos muy similares en solo una semana, empezamos a sospechar que la hospitalidad casual y aleatoria es la marca registrada y el valor de uso corriente en estos valles. Un mes después, la hipótesis sería confirmada.

Al día siguiente nos mudamos a la casa de Melita. Una vista panorámica del valle, respuestas a muchas preguntas, cachoeiras, más feijoadas, un japonés, y una mujer llamada Nechi esperaban encontrarnos. Pero esa, es otra historia.

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