Por Bruno Bosio


Pedaleo hacia la casa de música, decidido a comprar ese tambor que había visto.

Me atiende muy coordialmente un hombre de pelo y barbas largas blancas, flaco y de entrada edad. Una vez que pruebo nuevamente el djembé (como para terminarme de convencer), le pago el mismo al vendedor y le pregunto en mi “bad english”, si por ahí, no conoce a alguien que toque música latinoamericana.

“Yes, of course…Wait”, me contesta.

Saco mi celular como esperando que el haga lo mismo para pasarme el número de alguien. Me deja de cara cuando, a lo vieja escuela, saca una agenda añejada y polvorienta. Copia en un papelito el contacto y me lo pasa:

“Knud Grumløse”, se lee en el mismo, junto a su número celular.

Me cuenta que es danés, acordeonista y que ha viajado mucho por Sudamérica. Me dice que el número que me pasó de él es viejo, pero tal vez no haya cambiado de celular.

Guardo el papel en la mochila pensando que algún día lo voy a llamar. Pedaleo hasta casa, contento, ansioso y feliz con la nueva y barata adquisición musical.

Dos semanas después, un domingo al mediodía, me entero que esa misma tarde se hará un ensayo de chacarera de un grupo de baile argentino, a las cuatro de la tarde. La cita es en el Valby Parken.

“Voy de una”, me dije.

Como algo rápido, me cambio, guardo un abrigo en la mochila y mientras estoy mandandole mano a otro bolsillo chiquito de la mochi, hurgando en busca de las llaves de la bici… zas! agarro un papelito.

Lo saco del bolsillo. Lo pongo frente a mis ojos. Su aspecto es algo viejo, de tintes amarronados. En el medio está escrito un nombre y apellido y un teléfono. No reconozco ninguno de los dos datos. En un acto rápido e inconsciente, de menos que segundos, a sabiendas de que la hora del ensayo en el parque estaba cada vez más cerca, que estamos a 3 km y hay que pedalear, estoy con la panza llena y no puedo pensar, y otros etcéteras, atino a descartar de lleno y hacer un bollo este papel que no me dice nada, ni sé hace cuanto lo llevo en ese bolsillo. Quizás está ahí hace meses…años…andá a saber… todo eso pienso en microsegundos.

Me freno. Retrocedo. Vuelvo a guardar el papel donde estaba. El clásico y compañero “por las dudas” gana nuevamente el round.

Pedaleamos hacia el parque. Mientras en un semáforo discuto con la gallega del google maps que nos mandó otra vez a cualquier lado, un hombre viejo, canoso y barbudo, nos pregunta en un perfecto español:

“¿Adónde van?”
“Al Valby Parken”.
“Yo también voy para ahí, vamos”

Se adelanta en su bicicleta y observo que atrás, en el portaequipaje, lleva una gran funda de lo que parece ser a simple vista un bombo leguero, o era mi visión que estaba condicionada por el ensayo de chacarera que ibamos a ver.

Le pregunto al don que instrumento lleva y si está llendo al ensayo del grupo. Me dice:

“Es un acordeón…Voy al cumpleaños de mi hija..y estoy llegando tarde”

Automáticamente todo mi mundo se detiene. Aunque sigo pedaleando, hago malabares para darme vuelta la mochila, abrir el bolsillo chiquito, y sacar el bendito papel viejo y arrugado que hace apenas veinte minutos atrás, no había podido descifrarlo y lo estaba por tirar.

Estoy a punto de estallar de emoción. Pero de esa de tipo cuando te cae una gran ficha o miles de fichas juntas en un mismo momento. Y querés que pare todo. Que pare el tiempo, que paren las dos bicis que me vienen apurando atrás, que paré el cole que hace ruido al lado y no nos deja hablar, que paren los semáforos y nos dejen pedalear…pausa.

Le pido al hombre que por favor frene. Le muestro el papel y le pregunto:

¿Ustéd es Knud?

“El mismo”

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