Por Bruno Bosio

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Fotografías: Mauricio Centurión


Lamentablemente gran cantidad de fotos de esos días se han extraviado. Solo quedaron unas pocas.

Las que faltan, por suerte , aún las guarda la memoria.


A dos meses de formada la banda “Suma Qamaña”, en enero de 2014, Mauricio Centurión, Eduardo Mezio, Germán Ezequiel Rosas y yo, arrancabamos nuestra primer “gira” por la costa de Uruguay. El viaje sería principalmente a dedo, con mochilas bien cargadas, carpas, tambores y gaitas. El repertorio, ensayado solo dos meses, de a poco iba tomando forma y color, con muchos baches en el medio, pero sin dejar de observarlo, desarmarlo, rearmarlo y sobretodo caminarlo, poniendole toda la fuerza e intención para que no decaiga.

Colonia del Sacramento, ciudad histórica conocida por ser punto de enclave del contrabando en tiempos del “monopolio comercial español” con sus colonias americanas, sería nuestra primer parada.

Llegamos y acampamos dos noches al lado del puerto, en una especie de “improvisado camping libre”. Desde ese puerto van y vienen a cada rato los buquebus rumbo a Buenos Aires. La última noche, mientras los cuatro comíamos un arroz pasado de la olla y debatíamos si nos mudabamos al otro día, desde otra mesa a unos 10 metros se escucha una voz masculina con tono seco y fulminante:

“Ustedes están en la caca”

Sorprendidos por el crudo comentario, el silencio ganó la partida por unos segundos.
Ingenuidad e inexperiencia verdadera la nuestra al pasarnos largo rato discutiendo donde mudarnos dentro de colonia sin contar siquiera con un mapa, o una referencia de un local que nos recomiende un lugar para acampar libremente, ya que nuestro escaso presupuesto grupal no se amoldaba a lo que pedían los campings de la ciudad. Claro, después caeríamos en la cuenta que dejar las carpas y cosas solas y lejos de los bares donde iríamos a tocar no era buena combinación.

Volviendo al fulminante y misterioso comentario sobre nuestra situación, nos acercamos lentamente a la mesa del hombre. Se llama Alejandro y es leñador. Vive en playa “el Calabré”, a 10 km de Colonia. A su lado descansa una bicicleta balón con un montoncito de leña cortada con la profesionalidad que solo un experto de años tiene.

“Vengo todos los días a Colonia en bicicleta. Vendo la leña a los bares, panaderías y casas particualares”, nos comenta.

Alejandro aparenta unos 30 y pico..o 40 años. Viste un pantalón largo, las clásicas sandalias de Jesús y una gorra blanca. Su marcada musculatura corporal, sin huellas de horas de gimnasio, delatan su ancestral y duro oficio.

“Ustedes están en la caca por dos cosas. Primero porque, literalmente, les estoy diciendo la verdad. Acá al lado a unos metros está la desembocadura cloacal de Colonia al Río de la Plata, por eso no ven a nadie acampando.”

Asombro seguido de carcajadas iluminaron nuestros rostros, a sabiendas de que solo las risas, más tarde convertidas en eternas anécdotas, serían una de las moralejas de nuestra situación. La otra moraleja, es investigar y preguntar minimamente antes de acampar. Y por si fuera poco, con tono burlón, Alejandro nos remata:

“¿Y no se habrán bañado en el río, no?” Por suerte, a ninguno de los cuatro se nos ocurrió tan increíble hazaña en esos días.

“Segundo, continúa Alejandro, están acá porque todavía no conocen la playa el Calabré. Paraíso inigualable, aguas transparentes para beber y bañarse, salientes de una ollla natural, arenas brillantes frente al río de la plata, una vegetación impresionante…” y continuaban los halagos a su lugar de morada. Alejandro, dando su discurso con tonadas y acentos a lo comandante cubano, no paraba de alardear la playa y nos incitaba a visitar el tan engrandecido lugar:

“No se van a arrepentir, es más, no se van a querer ir más” Debate finalizado. Alejandro nos convenció. A primera hora nos vamos rumbo al Calabré.

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Alejandro tenía razón. La playa brillaba de hermosura. Monte y bosque de pinos con gran diversidad de flora y fauna, a espaldas de una playa larga y amplia visitada por los turistas o la gente local solo durante el día.. Frente a nuestros ojos, el inmenso Río de la Plata.

Desde el primer día que llegamos, lluvias y tormentas nos azotaron continuamente, reventándonos los ánimos duro y parejo. Sobretodo de noche; a la mañana y tarde calmaba un poco. Gracias a la recomendación de un pibe que cruzamos por la playa, nos refugiamos con las carpas en una habitación de 5 x 5 metros abandonada, ex oficina de uso militar. Antes de despedirse nos aconsejó tener cuidado con las víboras yararás, asiduas en la zona. Como si fuera una premonición, caminamos solo unos pasos buscando el lugar abandonado y segundos antes de pisarla una serpiente se alza en un rápido movimiento de su cuerpo estilo cobra, al son del típico grito de “sssss”, dejándonos paralizados mientras nos clava su mirada penetrante con todo el poder que emana su postura corporal.

A metros se emplazaba un semidestruido puerto, donde atardecer tras atardecer, mientras el sol caía lentamente en el horizionte porteño, el armatoste viejo y olvidado, volvía a llenarse de vida por unos instantes, con la visita fugaz de algunos locales y turistas. Nuestros ojos, pieles y paladares también se deleitaban en estos momentos junto al alimento nuestro de cada día: mates y “chapatis” por doquier.


CHAPATI: pan originario de la India consistente en una masa estirada bien fina, tipo a la piedra. Harina, aceite, sal y agua son sus ingredinetes básicos. Todo tipo de semillas y condimentos también es muy buena opción de agregado. Puede ser cocinado a la parrilla en muy pocos minutos. Puede “rellenarse” para cualquier tipo de comida, sea desayuno, almuerzo, merienda o cena con lo que se tenga a disposición: dulces de todo tipo, arropes, quesos, frutas, verduras, carnes, cereales, etc, etc. Aplicando la creatividad con los ingredientes y elementos que se tenga a disposición, los chapatis, son grandes acompañantes de lsx viajerxs.


Año nuevo nos encontró alrededor de un fogón, gracias al cielo sin lluvia y con una luna llena resplandeciente y brillante inspiradora de canciones y melodías. Compartimos una cena sin grandes hagazagos culinarios, pero con la magia y la alegría que una sencilla y humilde damajuana de vino, arroz y verduras asadas saben dar. Risas, música y amigos. Alimento para el alma..¿para qué más?

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Dos días después nada iba a ser igual. Una épica tormenta de rayos, truenos y vientos de 100 km por hora nos despertaron en el medio de la noche, levantando nuestras alertas de protección en la “casa sin ventanas”. Esa mañana pensabamos seguir camino a dedo por la ruta interbalnearia. Imposible. Como detalle no menor, los víveres se estaban acabando ya hace unos días y el mercado más cercano se enncuentra a 10 km. Don Alejandro, pastor y guía espiritual de este aislado destino, ni rastros.

Día tras día la lluvia nos impedía seguir camino a dedo rumbo al este. Mientras afuera la tormenta cantaba, “adentro” la banda ensayaba. Por la tarde, los tibios rayos de sol secaban la yerba usada en la mañana. Programa de racionalización de la comida: ejecutado. Cruces de miradas, algunos quieren renunciar a la odisea. Otros intentan levantar los ánimos como sea.

Y así, una tarde más, mientras pasaban las horas, adentro de nuestro efímero y cuasidestruido refugio abandonado, mirandonos las caras y observando por la ventana la lluvia y el viento que no cesaban…se hizo la luz! en el cielo y en la tierra…En lo alto rápida y fugazmente las nubes comenzaron a retirarse dejando tras su paso un esperado y necesario sol. Y en la tierra, porque como si fuera un mensajero del tiempo apareció Alejandro! El maestro salvador de unos inexpertos acampantes de las cloacas, orientador de un gran destino. Lugar mágico que a lo largo de los días y las noches, como las tormentas revolvían el cielo, a nosotros nos revolvían y sacudían por dentro, nuestros sentimientos, egos, conceptos, dandonos grandes enseñanzas y recuerdos.

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Explicándonos por donde seguir en autostop

Estacionó su bicicleta balón, nos dió un gran abrazo y se sentó a conversar con nosotros. Asombraba y divertía su forma “cubana – uruguaya” de hablar. Largas charlas sobre las realidades socio – político – culturales de Uruguay y Argentina, con mates de por medio, endulzaron el momento. Como si fuera un líder político o un guerrillero, con grandes movimientos de manos, mirada profunda y voz de torero que no tiembla, Alejandro disparaba frases célebres, citas y anécdotas, dando cátedra de vida.

La tarde se iba volviendo noche y la playa despedía a sus últimos visitantes. Si el clima seguía con buen ánimo, en las primeras horas de la mañana nos alistaríamos para “dedear” la ruta.

Nuestro paso por la playa “El Calabré” a solo 10 km de Colonia del Sacramento, fue una gran escuela para la vida. De esos días en que las risas no descansan nunca, se patinan en cualquier tobogán de historias, saltan todos los muros y se escapan de todas las cárceles, haciendose canción pegadiza de las palabras. Así también dieron el presente las medias sombras humanas. Fue la primer parada de nuestro primer viaje grupal que recién comenzaba. Intenso, nos estampó la cara de supervivencia pura. O uníamos nuestras fuerzas y entendimientos o ganaba el “sálvese quien pueda”. Por suerte, la unión hizo la fuerza.

La despedida se acercaba. El don Alejandro continuaba con sus frases célebres hasta el último momento, entre medio de largos agradecimientos y abrazos. Lo observo subido a su bicicleta:

“Che Alejandro…andas sin frenos.. y vas todos los días por la ruta..no es medio peligroso?

Con la famosa calma que antecede al huracán, de palabras, se despidió:

“Mijo!… Nada en esta vida tiene que tener frenos!

Despegó con su nave antigua y vieja balón, su montoncito de leña detrás, y se perdió por los misteriosos caminos del monte.

Hasta siempre Alejandro. El viaje continúa.

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