Serra da Mantiqueira (“gota de lluvia” en lengua Tupí), Minas Gerais

Por Agostina Albornoz


Casitas de madera con tejados antiguos, callecitas empedradas, abundante vegetación y biodiversidad. Hongos, flores, mohos de todos los colores. Orquídeas, mariposas, colibríes. Quietud profunda que solo es puesta en movimiento por el constante susurro del Río Preto.

El aire se inhala sobrecargado de prana. La frescura emana de la mata alimentando los poros de una suavidad que acaricia el alma. Vertientes y nacientes a cada paso, sacian la sed y revitalizan el ser.

Bosques y estradas de las solemnes Araucarias. Sorpresa de encontrar los arboles sagrados para los Mapuches en esta zona de America. Dice la leyenda que túneles internos conectan estos valles con el Perú y la tierra de los “Araucanos” (los rebeldes).

Y seguimos “cruzando la ponte” (el puente) descubrimos artesanatos en papel, madera, metal, hilo, piedras semipreciosas, telares en medio de una arquitectura de cuentos de hadas.

Duendes finlandeses, negros y pardos se mezclan en el paisaje que esconde las cachoeiras, pozos y piscinas naturales de agua helada.

Cachaça mixturada con frutas y hierbas, geleias y mieles, chocolates artesanales. En la Alameda Gastronomica existen restaurantes con propuestas musicales deliciosas, sin publico que las deleite.

Melita, una mujer sonriente de unos 50 y tantos, trabaja en el restaurante vegano de Kashidy. Nos brinda la seña del wifi y nos invita a pasar unos días en su casa por troca de algunas tareas que esta precisando.

Miguel, padre de familia, vive en Sacuarema, junto al mar, pero tiene su retiro de montaña, una gran chacra junto al Rio Preto, donde nos invita a quedarnos a acampar, aún sin su presencia.

Confianza, entrega, gratitud… se palpa por doquier. Y de aquí no se va ninguém.